Las emociones

En el recorrido de los estudios psicológicos no ha sido sino hasta hace relativamente poco tiempo, cuando las emociones han empezado a ser consideradas más “seriamente”.

A finales del 1800, algunos psicólogos como William James e incluso el naturalista Charles Darwin, repararon formalmente en su existencia, funciones y universalidad.

Sin embargo, el desarrollo de las neurociencias ha sido crucial para un entendimiento más profundo y global del mundo emocional y de su impacto en nuestra conducta y psiquismo.

Las emociones son respuestas psico fisiológicas a estímulos externos o internos.  Aparecen incluso antes de que podamos ser plenamente conscientes de ellas: en este sentido, el cuerpo, a través de mecanismos primitivos cerebrales, percibe antes que las podamos verbalizar.

¿Por qué mecanismos primitivos? Porque se ha descubierto que la amígdala es un conjunto neuronal agrupado de tal manera que forma parte de un sistema ciertamente autónomo.  Se la concibe como parte del sistema límbico, íntimamente ligado al cerebro reptiliano (estructura cerebral anterior a la límbica, evolutivamente hablando).  Este cerebro reptiliano se encarga de la regulación de diversos mecanismos involuntarios y fundamentales para nuestra supervivencia, de ahí su importancia.  El procesamiento cognitivo de las emociones y sentimientos, se lleva a cabo a través del neocórtex, la estructura más evolucionada en el cerebro humano y la que nos diferencia de los otros vertebrados “sintientes”.

Este modelo fue presentado en 1990 por el neurocientífico estadounidense Paul McLean inspirado en su colega James Papez.  De manera sintética, diremos que cuando percibimos algo que impacta tanto en el cerebro reptiliano como en el sistema límbico, aquel se activa de manera automática, dando lugar a respuestas estereotipadas y rígidas, bien heredadas bien aprendidas tempranamente.  Según la evaluación de la situación, la amígdala reaccionará en segundos, inhibiendo o permitiendo una respuesta más o menos elaborada en términos cognitivos.  Cuando la amígdala toma el poder, reaccionaremos “sin pensar”.  Es tan poderosa su influencia en todo el sistema cerebral, que desactiva todo lo que no sea importante a su supervivencia, por ello es que bajo su mando, notaremos grandes cambios fisiológicos en el cuerpo, particularmente ante situaciones que activen peligro (para las cuales reaccionaremos con miedo o ira, dos de las emociones básicas más fundamentales en términos de supervivencia).

En cambio, cuando acontece un estímulo que da cuenta de un impacto emocional pero que no es tan fuerte como para que el ser se vea en peligro, el sistema límbico, da lugar a un procesamiento que pasa al neocórtex, dándonos tiempo a reflexionar acerca de lo ocurrido y seleccionar la mejor respuesta posible.

No hay un acuerdo general acerca de cuáles son las emociones básicas.  En este caso, mencionaremos a:

Enojo: se activa ante la percepción de un límite que ha sido violado, traspasado.  El cuerpo se tensa, se acelera el ritmo cardíaco y en general se prepara para el ataque

Miedo: se activa ante la percepción de un peligro.  El cuerpo envía más sangre a la estructura esquelética larga – las piernas – favoreciendo así la oportunidad de huida.   También puede resultar paralizante, que, a nivel de supervivencia, nos haría pasar por “muertos” hasta que la percepción de peligro pase (en este caso decae el ritmo cardíaco y la sangre se retira del rostro, por ejemplo)

Tristeza: se activa ante la percepción de una pérdida.  Decae la actividad energética general del cuerpo, lo que propicia un retiro “hacia adentro”, propiciando la oportunidad de reflexionar ante la pérdida, reacomodar la experiencia y planificar la vida cuando salgamos del duelo

Alegría: se activa ante la percepción de plenitud o de cualquier experiencia agradable.  El aumento de la producción de endorfinas permite que nos recuperemos más rápido de impactos emocionales negativos y en general, estando alegres, hay una inhibición de pensamientos negativos

Otras emociones universales, algunas de las cuales se consideran básicas son el asco, la vergüenza o el amor.

¿En qué nos beneficia reconocer y nombrar las emociones?

El reconocimiento de las emociones que sentimos dará lugar al sentimiento, es decir, dará paso a un procesamiento superior de nuestro estado con el que podremos establecer ciertos marcos de acción para cambiar el estado emocional negativo tanto en el momento como en el futuro o replicar el estado emocional positivo. ¿Cómo? Entendiendo con mayor profundidad nuestra reacción.  Por ejemplo, si algo nos entristece, aunque no seremos capaces de suprimir la tristeza en sí, podremos obtener información acerca de porqué surgió esa emoción, a través de la reflexión acerca de lo que percibimos como perdido o ausente.  Una vez que entendemos de qué pérdida se trata, podremos reflexionar acerca de si vale la pena seguir triste o no, podremos verbalizar explícitamente la emoción primaria y secundarias si existieren (nostalgia, culpa, vergüenza, etc.), podremos manejar mejor la reacción emocional anticipándola (atendiendo a las señales del cuerpo) o bien podremos salir antes del “secuestro emocional” (Goleman).  También seremos capaces de reconocer si la emoción surge de un estímulo externo (como una pérdida de un ser querido por fallecimiento, viaje o distanciamiento de cualquier tipo) o si surge de un estímulo interno (a raíz de un pensamiento).

Sí, es fácil escribirlo o explicarlo, pero en la práctica?

Actualmente hay disponible mucha información acerca de las emociones y una increíble cantidad de material psico educativo y planes de entrenamiento en inteligencia emocional.

Con la predisposición y motivación adecuadas, es posible mejorar nuestras habilidades emocionales que tienen que ver tanto con la inteligencia intrapersonal como con la interpersonal … los resultados suelen llevar a que los conflictos que vivamos no sean ni tan intensos, ni que duren mucho tiempo o a que directamente no los tengamos, ya que de lo que se trata es de fortalecer los recursos presentes y ampliar los recursos disponibles.  Las evidencias científicas dan cuenta de beneficios tan disímiles como mejores resultados en las relaciones afectivas cercanas, mejor resolución de conflictos en el trabajo o en el ámbito escolar, aumento de la creatividad (en el sentido más amplio del término) y un fortalecimiento del yo (o de la autoestima).

¿Y tú, cómo te sientes hoy?