Hace un tiempo, durante esos días en los que la primavera decididamente se instaló para dar paso al sol, a los brotes y a la brisa mediterránea de Barcelona, iba caminando, cuando me conmovió un aroma, inconfundible para mí: el de las flores de los paraísos … Inmediatamente me perdí en los recuerdos de mi niñez en la ciudad en la que crecí: en los juegos, en las aventuras, en las y los amigos, en las siestas silenciosas y las tardes de la placita de mi barrio… Es que en la ciudad que hay paraísos listos para darnos sombra, “bolitas”, flores y aroma a vida y calor.

Las vivencias de la infancia dejan huellas imborrables, que no siempre recordamos, pero que siguen ahí.  Conforman parte de los cimientos de nuestra personalidad y con ella, de nuestra manera de ver, sentir y percibir el mundo, tanto interno como externo.

Casi nadie duda a esta altura de la importancia vital de esta etapa de la vida, tanto en relación a la salud física como mental.

En este sentido, revolucionario fue nuestro maestro Sigmund Freud, al llevar más allá de la innegable inocencia de las y los niños, sus observaciones acerca de la relación materno infantil de los primeros meses de vida, del rol que juega el padre en la mediación de ese vínculo…

Jean Piaget, más acá en el tiempo, las y los habilitó como pequeñas y pequeños científicos, ya que construyen el mundo a modo de ensayo y error, deducen, infieren, aprenden, desaprenden y amplían (como no lo volveremos a hacer cuando somos adultos), su conocimiento y apropiación del mundo…

Por ello, es muy importante, como adultos, poder reconocer los logros y alegrías que hemos cosechado durante esos primeros años de vida, pero también poder deconstruir las necesidades emocionales que no fueron satisfechas y acoger a nuestro niño/a interior actual, porque es probable que se siga expresando en los mismos términos que lo hacía ayer.

Poder conectar con las necesidades de la infancia, sobre todo con las que no han sido colmadas por nuestros cuidadores, nos dará pistas para entender las necesidades que tenemos hoy, como adultos y con ello, la posibilidad de reelaborar la narrativa que nos hemos construido, de hacer las pases con nuestro pasado o aceptar y cerrar ciertos capítulos, sobre todo cuando las vivencias infantiles han sido especialmente traumáticas.

En cualquier caso, incluso siendo niñas/os, somos capaces de armar nuestros propios recursos y buscar (y encontrar) sitios a donde sentirnos a salvo… El mío fue jugar bajo el color y aroma de los paraísos con mis amigas y amigos…

Me pregunto cuál fue el tuyo